Desde el inicio del conflicto en Ucrania, la situación de Rusia como nación ha sido complicada. La guerra ha llevado al Kremlin a concentrar una cantidad significativa de recursos en un enfrentamiento que ha repercutido también en las estructuras económicas que durante décadas han vinculado a Rusia con Europa. Las sanciones, el cierre de ciertas vías financieras y el endurecimiento de los controles sobre el capital ruso han modificado las reglas de un negocio que, como cualquier otro, requiere movilidad. El crimen organizado también ha tenido que adaptarse a estas nuevas circunstancias.
Mientras Rusia enfrenta una guerra que ha alterado sus relaciones con Occidente, en el ámbito criminal postsoviético se está llevando a cabo, al mismo tiempo, un cambio generacional que ha estado en proceso durante años y que afecta de manera particular a aquellos clanes que, en las últimas décadas, construyeron parte de su poder en Europa.
España está familiarizada con algunos de los actores involucrados. Durante años, la Costa del Sol, Alicante, Cataluña y otros puntos del litoral mediterráneo sirvieron como territorio de tránsito, refugio e inversión para individuos provenientes de Rusia, Georgia, Ucrania, Armenia, Azerbaiyán y otras antiguas repúblicas soviéticas.
El término ‘Mafia Rusa’ se ha utilizado con frecuencia para describir un fenómeno que, en realidad, es bastante más complejo. No existía una única organización y mucho menos un consejo central que dirigiera todas las operaciones. Eran familias, clanes, alianzas temporales y viejas rivalidades. Y por encima de muchas de estas estructuras se encontraban los llamados vory v zakone, los ‘ladrones en ley’, una clasificación de delincuentes con una autoridad particular dentro del submundo criminal postsoviético.
Uno de los individuos más relevantes de aquella generación es Zakhar Kalashov, apodado Shakro Molodoy. Nacido en Tiflis (Georgia), fue reconocido como vory desde una edad temprana y se convirtió en una de las figuras más influyentes de ese universo criminal. Su nombre figuró durante años en investigaciones policiales de varios países y, finalmente, también en España.
Esto ocurrió en un momento en que algunos grupos provenientes del espacio postsoviético habían encontrado en España algo más que un lugar de residencia. Encontraron una economía en crecimiento, un mercado inmobiliario muy atractivo y, sobre todo, un sistema empresarial en el que grandes sumas de dinero podían ser transformadas en propiedades, sociedades y negocios que aparentaban ser legales.
Kalashov se movió por la Costa del Sol y mantuvo intereses en España. Sin embargo, lo realmente significativo de su presencia en el país no era tanto su lugar de residencia o sus propiedades, sino quiénes se reunían a su alrededor. En marzo de 2003, una celebración en Alicante reunió a varios de los nombres que entonces preocupaban a las fuerzas de seguridad españolas. Allí estaban Kalashov, Tariel Oniani, Aslan Usoyan y otros individuos vinculados al crimen organizado postsoviético.
Para los investigadores, esos encuentros representaban auténticos mapas humanos. Eran útiles para descubrir quién se comunicaba con quién, qué relaciones se mantenían intactas y qué hombres podían sentarse en la misma mesa a pesar de pertenecer a organizaciones distintas.
Entre Kalashov y Oniani existía una relación especialmente significativa. Ambos eran originarios de Georgia y ambos terminarían ocupando un lugar destacado en las investigaciones españolas. La documentación recopilada durante esos años permitió reconstruir una parte de los negocios que giraban en torno a estos hombres.
Se identificaron inversiones inmobiliarias, sociedades, proyectos empresariales y operaciones que trasladaban dinero desde Rusia a España, tratando posteriormente de introducirlo en la economía legal. En algunos casos, las indagaciones llegaron a vincular a Kalashov y Oniani con proyectos relacionados con la expansión de Lukoil en España. Era la otra cara de esa mafia: no siempre había pistolas, ajustes de cuentas o coches de alta gama. Muchas veces había notarios, sociedades mercantiles, contratos y reuniones empresariales.
La Policía Nacional y la Guardia Civil habían estado vigilando esas estructuras durante años cuando se llevó a cabo la Operación Avispa, en 2005. Esta fue una de las mayores intervenciones contra el crimen organizado proveniente de la antigua Unión Soviética que se habían registrado hasta ese momento en España. Kalashov y Oniani figuraban entre los principales objetivos, aunque inicialmente lograron evadir el arresto. La investigación continuó y Kalashov terminó siendo localizado en Dubái. Su extradición permitió que la Justicia española finalmente lo juzgara. En 2010, fue condenado a siete años y seis meses de prisión y a una multa de 20 millones de euros por blanqueo de capitales.
La imagen de aquel momento resulta interesante cuando se observa desde la distancia. España había logrado llevar ante los tribunales a uno de los hombres que durante años había sido señalado en los informes policiales como una de las figuras clave del hampa postsoviética. Sin embargo, no había logrado erradicar el fenómeno. Eso era prácticamente imposible. Las organizaciones criminales no dependen de una sola persona y mucho menos cuando han estado operando durante décadas. Cuando un líder desaparece, alguien ocupa parte de su lugar. Cuando una empresa es intervenida, surgen otras. Cuando una ruta financiera es bloqueada, se busca una alternativa.
Kalashov salió de prisión en octubre de 2014 y fue deportado a Rusia. Sin embargo, su retorno no significó el final de sus problemas. En su país, volvió a verse inmerso en una de las grandes disputas internas del mundo criminal ruso. En 2016 fue arrestado y posteriormente condenado a nueve años y diez meses de prisión por un delito de extorsión. En marzo de 2024, obtuvo la libertad condicional. El hombre que había sido encarcelado en España, deportado a Rusia y posteriormente condenado de nuevo se encontraba nuevamente en libertad. Para entonces, muchas cosas habían cambiado.
Algunos de los hombres que habían compartido mesa con Kalashov habían fallecido. Otros estaban en prisión o habían perdido influencia. Aslan Usoyan, uno de los grandes nombres del hampa rusa y rival de algunas de las estructuras cercanas a Kalashov, fue asesinado en Moscú en 2013. Tariel Oniani también pasó un tiempo en las cárceles rusas después de los años que vivió en España. Gennady Petrov y Alexander Malyshev quedaron en el centro de otra de las grandes investigaciones españolas, la Operación Troika. El mapa que Kalashov encontró a su regreso era, por tanto, muy diferente al que había dejado. Y ahí radica precisamente una de las claves para comprender lo que está ocurriendo actualmente.
Los viejos capos han sobrevivido a una era en la que las guerras entre clanes podían resolverse a tiros en Moscú, Barcelona o cualquier otra ciudad europea. Han pasado por cárceles, han perdido aliados y han sido testigos de cómo la Policía desmantelaba gran parte de las estructuras que habían edificado.
Sin embargo, los hombres más jóvenes que crecieron durante esos años también han aprendido. Ya no necesitan replicar exactamente el modelo de los antiguos vory. Las nuevas redes criminales pueden apoyarse mucho más en intermediarios, sociedades pantalla, sistemas financieros alternativos y herramientas tecnológicas. El poder puede ser menos visible y, precisamente por ello, más difícil de rastrear.
España sigue siendo parte de ese escenario. En febrero de 2025, la Policía Nacional y Europol anunciaron la desarticulación de una red de origen ruso dedicada al blanqueo de capitales y con conexiones internacionales. Los investigadores describieron movimientos de varios millones de euros y una estructura capaz de ofrecer servicios financieros a otras organizaciones criminales. El caso evidenció que, veinte años después de la Operación Avispa, el problema no había desaparecido. Algunos protagonistas habían dejado de estar presentes, pero el mercado que facilitaba sus negocios seguía existiendo.
La libertad de Kalashov despierta un interés que trasciende su propia historia personal. No existen evidencias públicas suficientes que permitan afirmar que haya reconstruido un clan o que esté nuevamente al mando de una organización desde Rusia. Asimismo, no sería adecuado presentar como un hecho consumado una guerra abierta entre las viejas figuras del crimen y una nueva generación, cuando lo que se documenta, al menos, es un proceso mucho más intrincado de reemplazo, adaptación y competencia.
Sin embargo, es relevante el hecho de que uno de los individuos que mejor simboliza esa generación esté nuevamente en libertad justo en un momento en que el entorno del crimen post-soviético experimenta una transformación radical y muchos de sus integrantes se han vinculado con el Kremlin en el contexto de la guerra en Ucrania.
Durante un prolongado periodo, España se constituyó en uno de los territorios donde esos hombres lograron convertir su poder criminal en patrimonio tangible. Arribaron con capital, contactos y una cultura mafiosa que las autoridades españolas tuvieron que aprender a reconocer. Adquirieron propiedades, se involucraron en empresas, realizaron negocios y establecieron relaciones con otros grupos. Algunos de ellos terminaron tras las rejas, mientras que otros consiguieron evadir la justicia.
La Operación Avispa y las indagaciones subsiguientes permitieron reconstruir una parte de esa narrativa, aunque jamás lograron desmantelar por completo las redes personales que habían tejido a lo largo de décadas. Ahora, algunos de esos nombres empiezan a surgir nuevamente en Rusia, en un intento de negociar con individuos que buscan apoderarse de sus posiciones.
Si regresamos a España y nos situamos en febrero de 2025, podemos observar una operación policial que subraya el cambio en el escenario. La Mafia Rusa, en su nueva configuración, tenía la capacidad de blanquear millones de euros mensualmente para el Cártel de Los Balcanes, la Mocro Mafia y los cárteles colombianos, es decir, para los grandes grupos criminales que introducen la cocaína en Europa.
Catorce personas fueron arrestadas en esta operación. Sus actividades se extendían hasta Cuba, donde intercambiaban tecnología avanzada por níquel y oro, según revelaron las investigaciones. Este proceso se extendió durante dos años, desde 2023 hasta 2025, y se llevaron a cabo registros en Madrid, Málaga, Marbella, Torremolinos, Coín, Ayamonte y Lisboa. Se estima que tenían la capacidad de blanquear hasta 300.000 euros en efectivo en un solo día.
Mientras tanto, Kalashov disfruta de su libertad. Otros antiguos protagonistas aún permanecen encarcelados, han fallecido o se mantienen alejados del foco. Alrededor de ellos, se ha formado una generación que no experimentó las grandes batallas mafiosas de los años noventa de la misma manera y que ha crecido en un país distinto, mucho más aislado de Occidente y con rutas económicas diferentes. El viejo mundo del crimen no ha desaparecido por completo, pero tampoco continúa siendo el mismo.
Y esta puede ser la verdadera contienda que se inicia ahora: no una guerra entre buenos y malos, ni una película de mafiosos con nombres célebres, sino una lucha mucho más sutil por determinar quién ocupará los espacios que dejaron aquellos hombres que durante años hicieron de España una de sus principales puertas de entrada a Europa.
