Esta semana hemos sido testigos de una nueva víctima inocente del crimen organizado en la Costa del Sol, poco tiempo después de la anterior. En esta ocasión, el trágico suceso tuvo lugar en Marbella, donde fue asesinado en su clínica de cirugía plástica el reconocido cirujano plástico Alexander Aslani. El autor del crimen actuó por encargo de una persona insatisfecha con el médico debido a una cuestión económica.
La teoría policial sugiere que una mujer proveniente del Golfo Pérsico realizó un adelanto para una intervención quirúrgica, dinero que deseaba recuperar tras no quedar satisfecha con el resultado. El cirujano le informó que no podía reembolsarle la cantidad, lo que provocó el desenlace fatídico.
La violencia que ha surgido en el ámbito del crimen organizado es tal que, por un simple asunto económico, algo que podría resolverse en los tribunales mediante una demanda ordinaria, se termina encargando un asesinato a un sicario de nacionalidad sueca que apenas cuenta con 18 años de edad.
Hace unos años, una situación así habría sido difícil de imaginar. En la actualidad, por solo unos miles de euros, hay jóvenes dispuestos a convertirse en niños soldados y criminales convencidos de que su moral ha desaparecido, hasta el punto de ser capaces de reclutar a menores o individuos en situaciones de vulnerabilidad para llevar a cabo delitos tan graves como un asesinato.
Alexander Aslani, la víctima del crimen, estaba atendiendo a sus pacientes la tarde del miércoles 7 de septiembre en su clínica Cirumed, de renombre internacional en el ámbito de la cirugía estética. Tras su asesinato, las redes sociales se llenaron de mensajes institucionales y particulares de profesionales del sector, junto con los de cientos de pacientes que en algún momento confiaron en el doctor. El impacto de su asesinato será profundo, pues la causa del mismo genera temor.
Asesinar a alguien por un desacuerdo económico solo puede formar parte de la mente de quien no otorga el más mínimo valor a la vida de su víctima ni a la suya propia. La persona que ordenó el homicidio podría estar de alguna forma relacionada con el entorno del crimen organizado internacional. Es necesario un contacto que actúe como intermediario para poder acceder a estos sicarios que, con apenas 18 años, pueden viajar a Málaga, obtener un arma y acabar con la vida de un cirujano en su propia clínica.
Lo realmente alarmante es que alguien esté dispuesto a pagar por la muerte de otra persona y, simultáneamente, haya jóvenes dispuestos a aceptar ese encargo por una suma irrisoria en comparación con el valor de una vida humana.
Por unos pocos miles de euros, un adolescente puede convertirse en el ejecutor de un asesinato irreversible. No se trata únicamente de la juventud del presunto autor material, sino de la facilidad con la que una compensación económica puede llegar a prevalecer sobre cualquier consideración moral.
El sicario no necesariamente conoce a su víctima, su historia y sus circunstancias, pero está dispuesto a aceptar la posibilidad de acabar con su vida a cambio de dinero. La deshumanización alcanza así uno de sus niveles más preocupantes: para quien acepta el encargo, matar deja de ser un acto impensable y se transforma en un trabajo remunerado.
Esta realidad plantea interrogantes sobre quiénes están detrás de la captación de estos jóvenes, quién establece el contacto entre quienes desean encargar un asesinato y quienes están dispuestos a ejecutarlo, y qué redes permiten que un adolescente pueda trasladarse de un país a otro para cometer un crimen.
Cuando existe una estructura de intermediarios, la investigación no puede limitarse a la detención del autor material. También es esencial identificar quién ordenó el homicidio, quién lo organizó y quién pudo facilitar que se llevara a cabo. Es precisamente esta cadena de responsabilidades la que puede revelar la verdadera magnitud de un crimen y, en su caso, las conexiones con el entorno del crimen organizado.
Dado que los ajustes de cuentas son tan frecuentes en la Costa del Sol, la Policía Nacional rápidamente indicó que el móvil del crimen estaba relacionado con cuestiones económicas, sin que ello implicara una conexión directa de la víctima con el crimen organizado, más allá de que pudiera haber atendido a clientes vinculados al narcotráfico.
Es relevante subrayar esto porque Aslani fue un mentor significativo para numerosos cirujanos que recibieron clases magistrales, cursos y charlas especializadas de su parte. El Colegio de Médicos de Málaga guardó un minuto de silencio en su memoria, junto con la asociación de profesionales de la cirugía estética y cientos de personas anónimas y cirujanos reconocidos que agradecieron la dedicación y pasión que Aslani demostró en su labor.
Las muestras de respeto y reconocimiento que han surgido tras su asesinato permiten entender la huella que dejó en su entorno profesional y personal. Los mensajes de sus colegas, las palabras de agradecimiento de sus pacientes y los homenajes institucionales reflejan el reconocimiento a una trayectoria comprometida con la cirugía y a la transmisión de conocimientos.
Aslani no era solo un médico de prestigio internacional, sino también un referente para otros profesionales que encontraron en sus cursos, clases magistrales y enseñanzas una oportunidad para continuar su formación. Su legado perdura en aquellos que aprendieron de él y en las personas que depositaron su confianza en sus manos.
Este contraste hace aún más complicado comprender las circunstancias de su muerte. Mientras cientos de personas destacan su dedicación, profesionalismo y contribución a la especialidad, alguien consideró que un desacuerdo económico justificaba recurrir a la violencia más extrema.
Frente al respeto que Aslani generó durante su vida, el crimen representa un desprecio absoluto por la vida ajena. Las muestras de cariño recibidas tras su asesinato no pueden reparar su pérdida, pero sí sirven para recordar que detrás de la víctima había una persona con una trayectoria, una familia, compañeros y pacientes cuya confianza había cultivado a lo largo de los años.
Por otro lado, en la Policía Nacional había desconcierto ante el asesinato de Aslani, que casi coincidía en el tiempo con el de Nacho en una plaza de Málaga. La proximidad temporal entre ambos crímenes generó dudas en un contexto marcado por la preocupación ante la violencia asociada a las redes criminales que operan en la Costa del Sol.
Nacho fue asesinado por casualidad, mientras que Alexander fue un objetivo, ambos sin tener relación con el crimen organizado. Es crucial que la investigación permita esclarecer los hechos y determinar si existe alguna conexión entre ambos casos o si responden a motivaciones completamente diferentes, dado que los sicarios compartían muchas similitudes.
Lo preocupante es que la sucesión de episodios violentos corre el riesgo de normalizar una realidad que jamás debería ser considerada habitual. Los asesinatos por encargo, los ajustes de cuentas y la participación de jóvenes en delitos extremadamente graves aparecen de forma recurrente en los medios de comunicación.
Cada nuevo crimen provoca indignación, ocupa titulares durante unos días y, poco después, es sustituido por el siguiente. De esta manera, existe el peligro de que la sociedad termine asumiendo la violencia como una característica inevitable de la Costa del Sol, cuando debería seguir siendo un motivo de alarma y de exigencia de responsabilidades.
Que los ajustes de cuentas sean comunes no implica que deban aceptarse como una consecuencia natural de residir en esta zona. Mucho menos cuando las víctimas pueden ser personas ajenas a las organizaciones criminales, profesionales que desarrollan su actividad con normalidad y ciudadanos cuyos conflictos económicos pueden resolverse por vías legales.
La normalización de la violencia es especialmente peligrosa porque disminuye progresivamente el umbral de lo que se considera tolerable. Cuando deja de sorprendernos que alguien pague por matar o que un adolescente acepte hacerlo por unos miles de euros, el problema se vuelve aún más grave.
El asesinato de un cirujano plástico evidencia la vulnerabilidad del Estado en Marbella. Este fenómeno trasciende a aquellos que están directamente implicados en el crimen; también impacta en la percepción colectiva acerca de la seguridad y del valor de la vida humana.
El homicidio de Alexander Aslani debe servir como un recordatorio de que España no puede aceptar esta situación como inevitable. Es fundamental perseguir tanto a quienes cometen los crímenes como a aquellos que los instigan, identificar las redes de intermediación y prevenir que los jóvenes sean reclutados para convertirse en instrumentos de la violencia. La respuesta de las fuerzas policiales y del sistema judicial debe abarcar a todos los implicados y esclarecer hasta el más mínimo detalle de lo sucedido.
